domingo, 19 de abril de 2009

Ángela y Luli

Los berridos de Ángela se perdían ante el ensordecedor ruido de los truenos. El aguacero retumbaba en todas las paredes de la casa y el techo daba la impresión de venirse al suelo en cualquier momento. Era como si llovieran piedras. Desde el tercer piso y pegado a la ventana de mi pieza vi a “Luli” -la perrita pequinés más furiosa de la cuadra- intentando salir de la corriente de agua que habían formado veinte minutos de vendaval. Luego, su cabeza peluda se sumergió en el caudaloso río mientras Ángela empuñaba sus cabellos mojados con cara de llanto.

El dueño del restorán de la esquina se apresuró a cerrar la puerta cuando el aviso de sus promociones ya volaba por los aires. El viento soplaba con fuerza desde las entrañas del cielo y los rayos partían el gris infinito. Ángela tuvo que aferrarse al paradero del colectivo y con dificultad pudo entrar a su casa sin desviar la mirada de la corriente: la perrita no se veía más.

Las oleadas de viento querían arrancar los árboles desde sus raíces pero se conformaron con arrastrar los dos carros rojos que estacionan todos los días en esta calle. Sostenida en el marco de la puerta abierta, Ángela vio como el agua ya había invadido el living: ahora era el sofá el que flotaba con ganas de salir. A pesar del ruido apocalíptico que hacía el temporal, los gritos de Ángela se escuchaban como parte del tenebroso show. La angustia de no tener a “Luli” y parte de sus muebles la iban a llevar a perder la cordura. Afuera no había nadie y desde arriba pude ver los plásticos del paradero viajar como bumeranes, aún así, Ángela cerró la puerta de su casa, se sentó en el sofá flotante y navegó con una escoba en la mano sin dejar de gritar “LULI”, y como experta en canotaje avanzó por la corriente bajo la tempestad.