lunes, 13 de enero de 2014

Desde el tejado

Salí del bar El Guanábano con pasos seguros y actitud canchera. Al fondo había una chica de la que me despedí sonriente, haciendo una seña confusa con la mano. Agarré mi morral, que estaba encima de la barra, y me lo llevé al hombro en un movimiento improbable y preciso. Dejé el Parque del Periodista y caminé por la calle Girardot. Era de noche, las aceras estaban llenas de gente; transitaban carros, taxis, buses y motos.

Sobre la avenida La Playa, antes de llegar al semáforo, que estaba en verde, había una camioneta estacionada. Detrás venía una buseta de Calasanz, algo raro, porque esa ruta no pasa por La Playa. Venía muy despacio y se detuvo detrás de la camioneta. El semáforo cambió a rojo y cuando me dispuse a cruzar, alcancé a ver el espacio estrecho que había entre los dos vehículos. También vi a un señor que bajaba caminando por la mitad de la avenida. El tipo aceleró el paso, empezó a correr y con el impulso le dio una patada voladora a la espalda de la buseta, que se movió un poco hacia adelante.

El conductor, con la barriga desnuda, se bajó con su ayudante. Después de insultarse, el agresor y el chofer empezaron a forcejear. El chofer quiso enterrarle un destornillador en el pecho, pero el otro lo retuvo en el intento y forcejearon otros segundos. Yo me alejé, había muchos transeúntes viendo la pelea. De repente sonaron unos disparos. De un gran salto me trepé al tejado de una casa, junto a otras personas que escalaron en milésimas de segundo. Alcancé a ver, agazapado, por encima de las tejas, el momento en que el conductor le propinó, a menos de un metro, una seguidilla de balazos al otro tipo.

Yo estaba acostado en el tejado y las balas me zumbaban muy cerca de los oídos. Alguien me pasó por encima y se tiró al patio de la casa, había mucha gente y yo no pude tirarme por el tumulto ahí arriba. Miré la escena y el tipo estaba convulsionando. Le vi la mano ensangrentada, y como si tuviera binóculos, los dedos patenticos. Uno a uno pude contarlos: cinco hilos de sangre se unían en el metacarpo. Estaba agonizando, ya solo. En ese momento se oyó el rugido de varios motores. Me pegué a las tejas lo más que pude, conteniendo la respiración. Luego levanté la cabeza y miré de nuevo. Dos enfermeros salían de una ambulancia, a tropezones, con una camilla.

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